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lunes, 24 de marzo de 2014

Ejercicios de oración

IX – ORACIÓN CONTEMPLATIVA


En la medida en que el alma se va elevando y va profundizando en  sus relaciones con el Señor, van desapareciendo las palabras. Primero las exteriores y luego las interiores.  Las palabras llevan conceptos. Los conceptos llevan partecitas o partículas de Dios. Sólo el silencio puede abarcar a Aquel que es infinito.
Cuando el encuentro con Dios es cada vez más contemplante, tiende a ser cada vez más simple, más profundo y más posesivo. Ya no hay reflexión. Ya no hay conocimiento. Hay un simple darse cuenta. En este momento el trato con Dios es intuición, posesión, integración, unión.
La reflexión caducó. Cuando la mente se pone a reflexionar queda sujeta a la inestabilidad, multiplicidad, a la inquietud y movimiento. Y eso divide y turba. Por eso en la medida en que el encuentro es más contemplador, la reflexión tiende a desaparecer y el encuentro viene siendo simple, totalizador, quieto. Donde hay posesión no hay movimiento.
Para este momento el medio de experimentación de Dios no es la inteligencia, sino la persona total. Por eso se abandona el lenguaje y la comunicación se efectúa de ser a ser, de persona a persona. Y así, en la contemplación desaparece la actividad mental o la intelección y en un acto simple y total, el contemplador se siente en Dios, con Dios, dentro de Él y Él dentro de mí.
Se trata, pues, de una especie de intuición, densa e impenetrable al mismo tiempo, sobre todo muy vivida, sin imágenes, sin pensamientos. Los pensamientos representan a Dios, pero aquí no hace falta representar porque Dios está aquí, conmigo. Es una vivencia inmediata y consciente de la gran realidad.
Vivencia, no inteligencia. Inmediata, que quiere decir sin intermediarios, palabras o ideas. Y, no una realidad difusa, sino alguien cariñoso, familiar, concreto, queridísimo. Vivencia inmediata de Dios. Por eso, el contemplador vive sumergido en el silencio. Aunque no hay diálogo de palabras, ni siquiera mentales, en la contemplación hay una corriente cálida y palpitante de comunicación. Es pues, un silencio poblado de asombro y presencia, como dice el Salmo 8: “Señor, Señor, que admirable es tu nombre en toda la tierra”. O como el primer versículo del Salmo 103: “Bendice alma mía al Señor. Dios mío, que grande eres”.
No afirma nada, nada explica. El contemplador nada entiende ni pretende entender. Llegó al puerto y entró en el descanso sabático, en la tierra prometida. Está en la posesión colmada entre los deseos y las palabras callaron para siempre.
Al contemplador le basta estar a los pies del Otro, sin saber y sin querer saber nada, sólo mirar y saber que se es mirado, como en un sereno atardecer en que se colmaron completamente las expectativas, donde todo parece una eternidad quieta y plena.
Podríamos decir que el contemplador está mudo, embriagado, identificado, envuelto y compenetrado por la Presencia. Como dice San Juan de la Cruz: “Quedeme y olvidé, el rostro recliné sobre el amado, cesó todo y dejeme, dejando mi cuidado entre las azucenas olvidado”.
San Juan de la Cruz ofrece las siguientes señales para saber que estamos en la contemplación. Son sus palabras: “Cuando el alma gusta de estarse a solas, con atención amorosa y sosegada a Dios”. Estar solo con advertencia amorosa y sosegada. Dejar estar al alma en sosiego y quietud, aunque le parezca estar perdiendo el tiempo. En paz interior, quietud y descanso.
“Dejar al alma descansada de todo discurso mental. Sin preocuparse de pensar o meditar, sólo atención y noticia general, si bien amorosa, sin entender sobre qué”. Son palabras de San Juan de la Cruz.
Tan compleja materia como es la contemplación, nosotros vamos a reducir a estas dos palabras: silencio y presencia.
Escoge un lugar, a ser posible solitario, una capilla por ejemplo, una habitación o un cerro. Para esta práctica reserva un tiempo fuerte en que no estés acosado por prisas ni por preocupaciones. Toma una posición cómoda y orante en quietud y tranquilidad. Ve construyendo el silencio. Suelta todo el cuerpo y siléncialo parte por parte. Suspende la actividad de los sentidos. Haz el vacío interior. Apaga recuerdos, desliga preocupaciones, no pienses en nada; mejor, no pienses nada. Quédate más allá del sentir y de la acción, sin fijarte en nada, sin mirar nada ni dentro ni fuera de ti. Fuera de ti no hay nada. Dentro de ti no queda nada. Sólo tú quedas despierto. Tu cerebro, tu mente, tu cuerpo todo está en silencio. Tú eres sólo eso, una atención de ti mismo a ti mismo; una atención purificada por el silencio en paz.
Ahora, abre esa atención al Señor en la fe, como quien mira sin pensar, como quien simplemente ama y se siente amado. Evita figurarte a Dios; toda imagen o forma de Dios debe desaparecer, tienes que silenciar a Dios de cuanto signifique localidad. A Dios no le corresponde el verbo “estar”. Dios no está lejos, cerca, arriba, abajo. Dios no está en ninguna parte. Dios “es”, transciende y por consiguiente abarca y comprende todo tiempo y espacio. Él es. Él es la presencia. La presencia pura y amante y envolvente y compenetrante y omnipresente. Sólo queda un “tú” para el cual yo soy, en este momento una atención abierta, amorosa y sosegada.
Él me mira, yo lo miro. Haz el ejercicio auditivo con estas palabras: “Tú me sondeas, me conoces, me amas”. Repítelo cada vez más suavemente, cada vez más lentamente hasta que la palabra caiga por sí misma. Quédate sin pronunciar nada con la boca, nada con la mente. Recuerda, sólo el silencio puede abarcar a Aquel que es.
Tú eres como la playa, Él es como el mar. Tú eres como el campo, Él es como el sol. Déjate inundar, iluminar, vivificar. Déjate amar. Déjate amar. Déjate amar. “Tú me sondeas, me conoces, me amas”. “Tú me sondeas, me conoces, me amas”



miércoles, 26 de febrero de 2014

Ejercicios de oración

VIII – ORACIÓN ESCRITA


Para momentos de emergencia, por ejemplo en momentos de suma aridez, aguda dispersión o graves disgustos, la oración escrita puede ser la única manera de orar.
Se trata de escribir, sencillamente, aquello que uno quiere o quisiera decir a Dios.
Es uno de los medios más eficaces para sujetar la atención. Tiene, además, la ventaja de poder orar con esas mismas palabras tiempos más tarde.





martes, 10 de diciembre de 2013

Ejercicios de oración

VII – EJERCICIO DENTRO DE JESÚS

 Ser cristiano consiste en sentir como Jesús y vivir como Jesús. Sentir como Jesús consiste en tener la misma disposición de Jesús y la disposición está tejida de emoción, convicción y decisión. Tener los mismos sentimientos que Cristo Jesús consiste en vivir la temperatura interior de Jesús, en participar de su vida profunda y para eso necesitamos descender en el Espíritu Santo a los manantiales primitivos y originales de Cristo Jesús, donde nacen los impulsos, las decisiones y la vida.
Esta zambullida en las armónicas profundas de Jesús, sólo será posible en el Espíritu Santo que enseña toda la verdad. Verdad con mayúscula, verdad objetivada, sustantivada. El mismo Cristo Jesús.
Toma pues, una posición orante, convenientemente relajada. Ve silenciando todo, el mundo exterior, el cuerpo, la mente. Ponte en actitud de fe. Pide una asistencia especial al Espíritu Santo. Imagina a Jesús en adoración, por ejemplo de noche, en la montaña, bajo las estrellas. Luego, recoge las facultades, concéntrate. Y con infinita reverencia en fe y paz asómate al interior de Jesús y con la sensibilidad del Espíritu Santo trata de sorprender, detectar, presenciar algo de lo que sucede en esos abismos.
Sumergido en esta atmósfera, quieto e inmóvil, trata de presenciar lo que Jesús vivía, cómo se sentía Jesús cuando decía, por ejemplo: “Santificado sea tu nombre”. Presenciar cómo sería la admiración y veneración que Jesús sentiría por el Padre, al decir, por ejemplo: “Padre, glorifica tu nombre”, o al rezar el Padrenuestro. Qué sentiría, cómo sería aquella actitud de ofrenda y sumisión que Jesús experimentaría ante la voluntad del Padre cuando decía: “no se haga lo que yo quiero sino lo que quieras tú”. O cuando decía: “hágase tu voluntad”. Qué sentía, por ejemplo, cuando decía: “así como tú y yo somos uno”.
Trata de revivir todo eso, de participar en esas vivencias íntimas del Señor. Hacer tuyo, experimentar tú mismo lo que Jesús experimentaría.
Este es el conocimiento que supera todo conocimiento. Esta es la eminente sublimidad del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor, que decía San Pablo. Luego regresa mentalmente a la vida. Imagina situaciones difíciles y enfréntalas con la disposición interior de Jesús.
Y aquí haz una inversión. Hasta ahora, tú te has colocado en el lugar de Jesús, ahora coloca a Jesús en tu lugar. Qué haría Jesús si estuviese en mi caso, cuál sería su reacción si le hicieran lo que a mí me hicieron, cómo quedaría el corazón de Jesucristo si le marginaran como a mí, si se encontrara en este conflicto. El objetivo de la oración es vivir como Jesús, ser como Jesús.


martes, 12 de noviembre de 2013

Ejercicios de oración

VI – EJERCICIO AUDITIVO


Toma una posición adecuada y orante, envuélvete en una atmósfera de tranquilidad. Deslígate de ruidos y voces que suenan a tu derredor. Silencia completamente tu cuerpo, soltando músculos y nervios. Suelta también recuerdos del pasado y preocupaciones del futuro. Quédate en un presente simple, puro y despojado. Sólo yo conmigo mismo.
Ahora, entra lentamente en el mundo de la fe. Toma una frase muy breve, por ejemplo: “mi Dios y mi todo”, o una sola palabra, por ejemplo: Padre, Jesús, Señor… comienza a pronunciarla suavemente cada quince, veinte o más segundos. Al pronunciar la frase o la palabra trata de vivirla, hacerla tuya, asumiendo su contenido o significado. Hazlo sin violencia interior sino con sumo sosiego y calma. El silencio que sigue luego de pronunciar debe ser un silencio sonoro, en que siga resonando la frase como un eco.
Comienza a percibir cómo la presencia que está encerrada en esas palabras va inundando tu ser entero hasta que todas las energías mentales queden impregnadas del contenido de esas palabras.
Ve distanciando la repetición de las palabras hasta que, de ser posible, el silencio desplace y sustituya a la palabra.
Este ejercicio tiene una variante. Consiste en que la palabra sea pronunciada en el momento de la expiración, esto es, al expulsar el aire de los pulmones. Habrás advertido que al inspirar tu cuerpo se infla y queda tenso; al expirar, en cambio, se relaja. En esta variante, aprovechamos la fase naturalmente relajada del cuerpo, que es la expiración, para pronunciar con más profundidad la frase y unirnos más vivamente al Señor y así, lentamente, el cuerpo y el alma pueden ir entrando en una combinación conjunta y armónica. Hasta que todo tu ser, cuerpo y alma, queden inundados de la presencia del Señor. Puedes encontrarte con efectos sorprendentemente benéficos tanto para el cuerpo como para el alma.

miércoles, 12 de junio de 2013

Ejercicios de oración

V- EJERCICIO VISUAL

Toma una estampa expresiva. Puede ser, por ejemplo, una imagen del Señor, de María o de otro motivo. Lo importante es que refleje impresiones fuertes como bondad, fortaleza, paz, etc.

Más importante todavía es que esa estampa a ti te diga mucho. Toma una posición orante. Haz los ejercicios de silenciamiento. Coloca la estampa en tus manos. Primeramente, durante unos minutos, mira con serenidad la estampa, simplemente mirar. Mírala globalmente y en sus detalles, sin analizarla, sin pensar. Después, durante un rato más prolongado, trata de captar como intuitivamente las impresiones que esa estampa evoca para ti. Hazlo de manera reposada, concentrada, tranquila. Qué te dice esa figura. Qué te evoca esa estampa.

Después, transfiérete a la estampa. Esto es, con suma tranquilidad, trasládate mentalmente a esa imagen, como que te identificaras con esa imagen, como si tú fueras esa imagen o estuvieses en el interior de ella. Y así, reverente y quieto, déjate como inundar e impregnar de aquellas impresiones que la imagen evoca para ti. Hazlas tuyas. Y así, vivamente identificado con esa figura, permanece largo rato hecho una misma cosa con la disposición interior de Jesús que la estampa expresa.

Finalmente, en este clima interior, trasládate mentalmente al lugar donde vives o trabajas. Imagina situaciones difíciles y supéralas con los sentimientos de Jesús que acabas de vivir.





viernes, 3 de mayo de 2013

Ejercicios de oración


IV - EJERCICIO DE ACOGIDA

Así como en el ejercicio propuesto anteriormente tú sales hacia Dios, en este ejercicio de acogida tú permaneces quieto y receptivo y Dios sale y llega a ti, y tú acoges gozoso esa salida.
Es conveniente hacer esta práctica con Jesús resucitado y presente. Debes utilizar el verbo “sentir”, pero cuidado, sentir no en el sentido de emocionarse, sino de percibir. Se pueden percibir tantas cosas sin emocionarse. Deja sentir cómo la presencia resucitada y resucitadora de Jesús entra e inunda todo tu ser, en la fe, llegando hasta los últimos rincones de tu alma. Siente cómo esa presencia toma plena posesión de tus dominios. Siente cómo Jesús toca y cura esta herida que te duele. Cómo Jesús saca la espina de esa angustia que te oprime. Te alivia y libera de esos temores, de aquellos rencores. Luego salta a la vida, a tu casa o tu trabajo; acompañado de Jesús haz un paseo por los lugares donde vives o trabajas. Preséntate ante aquella persona con quien tienes conflictos. Imagínate cómo la miraría Jesús, mírale tú con los ojos de Jesús. Cómo sería la serenidad de Jesús si tuviera que enfrentarse con aquel conflicto, afronta esta situación, qué le diría a esta persona, cómo serviría en aquella necesidad. Imagina, en fin, toda clase de situaciones, aún las más difíciles. Y déjale a Jesús actuar a través de ti, mira por los ojos de Jesús, habla por su boca, que su semblante aparezca por tu semblante. No seas tú quien viva en ti sino Jesús.
Es un ejercicio transformante. Toma una posición orante, igual que en el ejercicio anterior, y después de pronunciar y vivir la frase, quédate un tiempo quieto y en silencio permitiendo que la vida de la frase resuene y llene el ámbito de tu alma.
He aquí algunas frases que te pueden servir para hacer este ejercicio: “Jesús, entra dentro de mí”; “Jesús, toma posesión de todo mi ser”; “Tómame con todo lo que soy, lo que pienso, lo que hago”; “Toma lo más íntimo de mi corazón”; “Cúrame esta herida que tanto me duele”; “Sácame la espina de esta angustia”; “Retira de mí estos temores, rencores, tentaciones”; “Jesús, ¿qué quieres de mí?”, “¿cómo mirarías a aquella persona?”, ¿Cuál sería tu actitud en aquella dificultad?”; “¿Cómo te comportaría en aquella situación?”; “Lo que Tú harías, quiero hacerlo yo”; “Los que me ven que te vean, Jesús”; “Transfórmame todo en Ti”; “Sea yo una viva transparencia de tu persona”.
También este ejercicio debe durar unos cuarenta y cinco o cincuenta minutos.

martes, 9 de abril de 2013

Ejercicios de oración


III - ORACIÓN DE SALIDA Y QUIETUD
En este ejercicio hay una salida. Sale el alma de sí misma apoyada en una frase, hacia un Tú. Esto es, al asumir y vivenciar el significado o contenido de una frase, la frase toma la atención, la transporta y deposita en un Tú. Hay, pues, un movimiento o salida. Y así todo “yo” queda en todo “tú”, queda fijo e inmóvil. Hay, pues, también una quietud. Es una adoración estática.
No debe haber movimiento mental. Esto es, no debes preocuparte de entender lo que la frase dice; entender es siempre movimiento, hay un ir y venir. Por ejemplo, si digo “tú eres inmensidad infinita”, al pretender entender la frase, la mente comienza a analizar qué significa “inmenso” en su relación con el espacio y que como Dios es espíritu transciende el espacio, etc. etc. Eso es entender, a lo sumo meditar. Nosotros ahora, estamos en adoración. Por eso no debe haber ninguna actividad analítica. Al contrario, la mente, impulsada por una frase, se lanza hacia un “tú” y queda prendida, fijada en el “tú” quieta y adherida admirativamente contemplativamente, posesivamente, amorosamente. Es contemplación, no meditación.
Un objeto o una verdad, según desde donde se le mire, aparece diferente, pero es el mismo objeto, la misma verdad. Dios, como infinito que es, tiene innumerables facetas o perspectivas; es descanso, es fortaleza, es eternidad, es inmensidad, es paternidad… No debes preocuparte de entender cómo y por qué es eterno o inmenso, sino de mirarlo y admirarlo estáticamente, ahora como eterno, luego como inmenso, etc. Toma una posición orante. Ve desligándote de ruidos y presencias, ve silenciando todo el futuro y el pasado, deslígate de preocupaciones, proyectos, fuera de ti no hay nada. Fuera de este momento no hay nada. Sólo quedas tú mismo,  presente a ti mismo. Haz presente en la fe a Aquel en quien existimos, nos movemos y somos. A Aquel que penetra y sostiene todo. Comienza a pronunciar las frases en voz suave, trata de vivir lo que la frase dice hasta que tu alma quede impregnada con la sustancia de la frase.
Después de pronunciar la frase quédate, durante unos quince segundos o más en silencio, mutuo, estático, como quien escucha una resonancia. Estando tu atención inmóvil, compenetrada posesivamente, identificada adhesivamente con la sustancia de la frase que es Dios mismo.
Una misma frase puedes repetirla muchas veces o todo el tiempo. En este ejercicio tienes que dejarte arrebatar por el “tú”. El “yo” prácticamente desaparece mientras el “tú” permanece sostenidamente presente.
Voy a decirte algunas expresiones que puedes tú mismo utilizar: “tú eres mi Dios”; “desde siempre y para siempre tú eres Dios”; “tú eres eternidad inmutable”; “tú eres inmensidad infinita”; “tú eres sin principio ni fin”; “estás tan lejos y tan cerca”; “tú eres mi todo”; “¡oh profundidad de la esencia y presencia de mi Dios!”; “tú eres mi descanso total”; “sólo en ti siento paz”; “tú eres mi fortaleza”; “tú eres mi seguridad”; “tú eres mi paciencia”; “tú eres mi alegría”; “tú eres mi vida eterna, grande y admirable Señor”. Y así otras expresiones.
El ejercicio puede durar cuarenta y cinco, cincuenta  o sesenta minutos.

viernes, 11 de enero de 2013

Ejercicios de oración

II. Lectura meditada

Decía Santa Teresa: “Estuve catorce años que nunca pude tener meditación sino junto con lectura”, y añadía ella que a no ser enseguida de la comunión no se atrevía a entrar en oración si no tenía el libro en la mano y si no lo tenía sentía el miedo o la inseguridad de quien tiene que enfrentar un ejército. El tal ejército era, naturalmente, el enjambre de distracciones e imaginaciones.

“Una vez con el libro en la mano, continúa ella, quedaba consolada y tranquila, como si el libro fuera un escudo de defensa”. Sólo con abrir el libro sus pensamientos entraban en orden, dice. A veces leía poco, otras veces leía mucho, según los estados de ánimo.

La meditación es una actividad mental en la que se manejan conceptos e imágenes explicando, aplicando, combinando diferentes ideas a fin de descubrir la intención del escritor sagrado, profundizar en la vida divina para formar una mentalidad, armar criterios de vida y juicios de valor.

No es fácil meditar. Al mismo tiempo que la mente va y viene, tiene que ser una actividad controlada y ordenada. También aquí necesitamos un lazarillo o unas muletas, esto es, un apoyo. Y el apoyo es la palabra escrita y el método es la Lectura meditada. Ella consiste en que la palabra escrita sujeta la atención y la conduce por los senderos de una reflexión ordenada. Tiene que ser un libro cuidadosamente seleccionado que no disperse sino concentre, que ponga y mantenga al alma en la presencia. Naturalmente el libro de los libros es la Biblia.

También aquí el ideal sería que cada uno tenga hecho su estudio personal, saber dónde están los grandes fragmentos, por ejemplo, sobre la fe, la consolación, el amor, la precariedad de la vida, grandes momentos sobre Jesucristo, etc. Estar uno mismo familiarizado y saber cuáles son aquellos capítulos que a mí me dicen mucho.

Antes de iniciar la lectura meditada es conveniente saber exactamente sobre qué tema quieres meditar o en qué capítulo de la Biblia. Toma una posición adecuada y después de pedir la asistencia al Espíritu Santo, comienza a leer despacio, muy despacio. En cuanto lees, trata de entender lo leído, captar el significado natural de la frase en su contexto y también la intención del autor sagrado. Si aparece alguna idea que te llama la atención, para ahí. Y después de entenderla, da vueltas en tu mente a esa idea, mírala desde una perspectiva y otra y después aplícala a tu vida.

Si no sucede esto, continúa leyendo despacio, entendiendo lo que lees. Si aparece un párrafo que no lo entiendes, vuelve atrás, haz una amplia relectura para colocarte en el contexto, y en el contexto trata de entender ese párrafo.

Prosigue leyendo lenta y atentamente. Si al meditar en algún momento se conmueve tu corazón y sientes ganas de aclamar, agradecer, suplicar, etc. da rienda suelta al corazón. Si no sucede esto, prosigue leyendo lentamente, entendiendo y rumiando lo que lees. Si un pensamiento determinado te impacta fuertemente, cierra el libro, da muchas vueltas a esa idea, aplícala a tu vida, saca las conclusiones, hasta que hayas agotado toda la riqueza que dicho pensamiento encierra. Si no sucede esto prosigue con una lectura reposada, concentrada, tranquila.
El ideal es que la lectura meditada impulse al alma a la presencia de Dios. Es normal que la meditación acabe en oración. Procura, también tú, hacerlo así. Procura, además, que esta lectura meditada desemboque en criterios concretos de vida para ser utilizados a lo largo de ese día. 

miércoles, 5 de diciembre de 2012

Ejercicios de oración

I. Lectura rezada


Si se te olvidó rezar, si no sabes qué hacer con Dios te aconsejo que comiences a dar los primeros pasos con el apoyo del método que llamo “Lectura rezada”.
Mira, la mente humana es inquieta mariposa, errante como el viento. Necesita estar en perpetuo movimiento, saltando del pasado al futuro, de los recuerdos a las imágenes, de las imágenes a los proyectos… alguna vez con lógica, casi siempre sin lógica. Es incapaz de estar fija por cinco segundos en un objeto.
Orar, en cambio, consiste en sujetar la atención y en fijarla en el Señor. ¿Cómo hacerlo con una mente tan loca? Necesitamos apoyos y el apoyo es la oración escrita, y el método la lectura rezada.
Toma una oración escrita, por ejemplo un Salmo u otra oración. Advierte bien esto: no se trata de un capítulo de la Biblia para meditar, sino de un salmo o de una oración escrita. Comienza a leer despacio. Al leer, trata de vivenciar lo leído. Esto es, trata de asumir, hacer tuyas las frases leídas. Sentirlas identificando la atención con el significado o contenido de las frases leídas. Al concentrarte en el contenido de la frase, como el contenido es Dios, tu atención queda con Dios. La palabra fue puente de enlace.
Pero tu mente errante pronto se desprenderá de Dios y se dispersará. Fija de nuevo tus ojos en la oración escrita, y de nuevo la palabra escrita controlará tu atención y la centrará en Dios. Otra vez tu mente se desligará para volar. Ten paciencia. Sigue leyendo. De nuevo la palabra leída, que es una oración escrita, sujetará tu atención y la pondrá en Dios.
De pronto te encontrarás con una frase que te dice mucho. No prosigas, para. Repite la tal frase muchas veces, viviéndola, sintiéndola, uniéndote a Dios mediante ella. Piensa, date cuenta que para unirte a Dios te basta un solo puente. Por eso repite sin miedo esa frase, hasta que la novedad de la frase se agote, o su contenido inunde completamente tu alma.
Si no sucede eso, prosigue leyendo muy despacio, asumiendo y vivenciando el significado de lo leído. Para de vez en cuando. Vuelve atrás para repetir las frases más significantes. Si estás solo di algunas frases en voz alta, eventualmente, con los brazos extendidos u otras posiciones. Prosigue con una lectura reposada, concentrada, tranquila, uniéndote y llenándote de la presencia que emana de las palabras leídas. Si un momento dado te parece que puedes abandonar el apoyo de la lectura, deja a un lado las oraciones escritas y permite que el Espíritu se manifieste en ti con expresiones espontáneas e inspiradas.
Es conveniente que te des cuenta de lo siguiente: el tiempo que tu atención queda propiamente con Dios es en realidad brevísimo, dada la naturaleza de la mente humana, siempre inquieta y versátil.
No pretendas quedarte propiamente con Dios, por ejemplo treinta minutos, ni siquiera treinta segundos. Confórmate, por lo menos al principio, con estar con Él tres, cuatro, cinco segundos. Ahora, estos instantes intermitentes pueden prolongarse a lo largo de noventa minutos, por ejemplo. En este caso podríamos decir que has tenido noventa minutos de oración, pero en realidad esos noventa minutos constaban de breves instantes. Así se hace la lectura rezada.
Ayuda a la vida espiritual la siguiente práctica: aprende de memoria varios salmos, versículos de salmos o simplemente frases fuertes como: “Mi Dios y mi todo”, “Tú eres mi Dios” u otras frases. Cuando vayas viajando en un tren, en un autobús urbano o caminando por la calle o estés ocupado en quehaceres domésticos, constituye una excelente ayuda espiritual repetir esas frases y unirse al Señor mediante esas oraciones vocales memorizadas.